Con escarcha en la boca …

24 Sep, 2007

Basado en hechos surreales

Posted by: Nacho In: Letras|Mundo Porfidio

Ocurrió con un cierre patronal en una comarca que vivía fundamentalmente del sector minero. Muchos hombres fueron enviados al paro, hubo manifestaciones por parte de los sindicatos en contra de las medidas que se habían tomado. Varios hombres fueron reubicados en distintos puestos de trabajo, con tareas muy alejadas de lo que hasta entonces les había ocupado. El sector que acogió a más exmineros fue el de la construcción, varios de estos cabezas de familia se convirtieron de la noche a la mañana en puros obreros, teniendo que asistir a un curso acelerado para saber desempeñar el oficio de peón o albañil. La historia que nos atañe tuvo como protagonista a Don Fernando Saavedra López, de cuarenta y dos años de edad, casado y con dos niñas de seis y cuatro años. Fernando asistió al curso de formación con rectitud y coraje, asumiendo su nuevo rol en la vida, haciendo gala de una profesionalidad que más de uno quisiera para él. Se minigraduó en el curso de albañilería con la calificación magna cum laude, dejando perplejo a todo el profesorado que exhaustivamente preparó a ese grupo de hombres. Aquel ser humano había nacido para trabajar materiales de construcción y así se le hizo saber por boca de Gregorio Masip, designado como jefe del curso. Fernando no demostró júbilo alguno y la noticia no mitigó su zozobra. Él se sabía minero desde que de niño trabajo en un túnel en la playa y descubrió una roca que se encargó de extraer con esmero durante una jornada de trabajo, de sol a sol, en pleno agosto mientral él disfrutaba de los placeres undergrouds. Los niños, los mismos que al principio se sumaban a la algarabía que suponía el emprender el lúdico cometido de escarbar un túnel en la arena sin ninguna razón lógica, luego dedujeron que estaba loco y lo abandonaron. Pero Fernando se mantuvo hasta el final, hasta que ese considerable pedrusco pudo ver la luz en sus brazos. Él se consideraba un arqueólogo práctico, un desenterrador de tesoros. Por eso, Fernando Saavedra López apenas pudo devolver con una mueca asonrisada la buena nueva de que era acogido con honores en el gremio de albañiles.


En seguida fue designado para su primera obra, un edificio de cinco plantas en plena comarca minera, diez pisos que serían destinados a viviendas de gente con problemas de dinero. Eso le animó y el lunes 15 de marzo se presentó a las siete de la mañana ante sus compañeros con un bocadillo de queso y anchoas que su madre le había enviado de santoña hacía dos meses y que su esposa guardaba para una ocasión especial. La ocasión requería anchoas y lo que hiciera falta, había dicho su esposa en un discurso sentido e improvisado en el rellano de la escalera, asegurándose de subir lo suficiente la voz para que los vecinos tuvieran noticias de todo aquello. Su esposo ya no era un parado, así que le besó con lengua antes de desearle buena suerte y se encerró en su casa a preparar un buen cocido de lentejas para sus niñas. Los compañeros de Fernando le saludaron efusivamente, mientras se ponían el mono de trabajo en el barracón hablaron de fútbol y de política y todo pareció ir bien. El problema surgió a las 12:23 de aquel soleado lunes, tan sólo siete minutos antes de la hora del almuerzo, en el que más tarde pudo comprobar una vez más que Santoña seguía sin defraudar en cuanto a sus anchoas se refiere. En ese momento Fernando estaba enyesando una pared del segundo piso, nervioso por si la masa preparada por él mismo anteriormente estaría a la altura, cuando una mujer de unos veintiseis años cruzó la calle. Fue entonces cuando sus tres compañeros se entregaron durante varios segundos a un griterío desenfrenado, cargado de piropos e incluso comentarios lascivos. La cosa no hubiera pasado a mayores, dado que la chica ni se dignó a darse la vuelta, si no hubiera sido por Simón Herrera Fuencarral, uno de los compañeros de Fernando, que tras unos segundos de volver al silencio silbado del trabajo rutinario, se dio cuenta de que Fernando no había abierto la boca ante semejante presa femenina. ¿Pero qué te pasa?, preguntó Simón asombrado, este no le ha dicho nada a la jaca, dijo a sus compañeros, ni siquiera ha abierto la boca, ¿no has visto las posaderas que he visto yo? Mareaban hasta un astronauta hasta el culo de biodramina. Fernando se disculpó y siguió con su trabajo. Pero aquello no se quedó ahí, tras la parada del bocadillo otra mujer cruzó la calle y la ovación verbal fue aún más rica en vítores y comentarios subidos de tono. Fernando una vez más, permaneció en silencio. Los compañeros esta vez se le echaron encima, los tres, incluso uno literalmente le practicó un placaje que Fernando no supo bien cómo encajar. Al terminar la jornada los compañeros fueron a quejarse al capataz, diciendo que ese comportamiento no era de albañiles, que había un código ético al que ceñirse en ese gremio y que era imposible trabajar en esas condiciones. El capataz, Roberto Méndez Cadislava puso sobre la mesa las calificaciones que había obtenido en el curso de formación Fernando, pero fue inútil, los tres hombres hicieron frente común y dijeron que de seguir la coyuntura así, se verían obligados a acudir a los sindicatos. El capataz, sabiendo cómo estaban de calientes los sindicatos en la comarca tras el cierre patronal de la minería, no quiso más líos y tranquilizó al piquete tripartito, prometiendo actuar en consecuencia. Fernando fue llamado al día siguiente, antes de cambiarse para entrar en faena, al barracón que hacía las veces de despachito al capataz. Fernando, es usted un hombre que promete mucho, que podría dar muchas satisfacciones a este oficio, nuevos enfoques y técnicas, grandes tardes de gloria y he podido comprobar que un gran compañero, portador de grandes bocatas y al que no le supone un problema compartir si es necesario, un trozo con la persona que trabaja hombro con hombro de sol a sol. Pero los subalternos me presionan, debe ser usted sacrificado a favor de la no sublevación, entiéndame. Sé que es un hombre felizmente casado y que puede que no le salga el soltar algún piropo de vez en cuando a las mujeres que se cruzan por delante de la obra, pero si no se ve capaz de intentarlo aunque sea porque su superior al mando se lo ha pedido… me veré en la triste obligación de despedirle. Fernando se quedó perplejo, él era un cazador de minerales, un buscador de recursos bajo tierra, no sabría qué decir en el caso de que una mujer se volviera a cruzar por delante de su obra. No estaba capacitado para improvisar de esa manera, él era un minero, lo que sucedía por encima de la tierra no era de su jurisdicción… y ahora se veía no sólo encima, sino elevado a un segundo piso y teniendo que lanzar desde su púlpito comentarios obscenos a las chicas del lugar. Pero, profesional que era, se despidió de Don Roberto haciendo propósito de enmienda, respuesta que satisfizo plenamente a su jefe.


Los siguientes días se pasaron entre el trabajo diario y las noches con su esposa, en las que ambos preparaban una hoja con nuevos piropos ampliamente sazonados con el suficiente picante, para regocijo de sus compañeros. El nivel que llegaron a alcanzar Lucía, la esposa de Fernando y éste mismo, llego a ser de tal calibre que las chicas empezaron a volverse asombradas por la inventiva de sus halagos y adulaciones. Las había que se desencajaban de la risa, las que se sentían halagadas o las que directamente pedían permiso para subir a conocer a aquel que lanzaba esos magníficos requiebros. A los dos meses de entrar a trabajar en la obra Fernando, cada mañana se agolpaba un grupo de entre treinta y cincuenta mujeres para ser el blanco de sus galanterías. Llegó el momento en que Fernando ya no podía trabajar como albañil ni un minuto, de tanto que le requería su audiencia femenina. El problema fue trasladado a esferas más altas y los arquitectos se enteraron de la causa del retraso que sufría la obra de su edificio. Los arquitectos acudieron a la empresa constructora, que fue a ver lo que pasaba in situ y se quedaron asombrados del revuelo que se había formado en esa calle. Al día siguiente, el día 17 de agosto, curiosamente el mismo día en que hacía años había cavado aquel túnel en la playa para sacar el pedrusco que descubrió su vocación de minero, Fernando fue fulminantemente despedido. Cuentan, los que lo vivieron, que las mujeres de la comarca acudieron a los sindicatos y que la guerra entre la constructora y los trabajadores fue aún mayor que la surgida por el problema de la minería.

Aditamento informativo para el que haya leído hasta aquí:

Lucía Lasa Ibañez murió a los cincuenta y siete años. Víctima de un infarto de miocardio. Fue largamente recordada en la comarca por su facilidad para piropear en la sombra. Los historiadores regionales la designan como el cerebro de la trama y cuentan las malas lenguas que no pudo dejar el hábito de piropear, escondiéndose tras el mobiliario urbano para soltar sus creaciones a los abuelos del lugar hasta su fallecimiento.


Gregorio Masip completó una reconocida carrera como jefe de cursos express para futuros albañiles. Murió junto a su familia y allegados a la edad de ochenta y cuatro años.
Simón Herrera Fuencarral llegó a estudiar perito industrial en sus noches de soledad, pero a pesar de su gusto por lanzar alabanzas a las mujeres, jamás se casó y a los cuarenta y ocho años se pegó un tiro en su piso de soltero. Aunque no está contrastado oficialmente, una fuente secreta ha asegurado que el piso en el que fue encontrado el tiro, su hogar, era el segundo piso en el que hacía años había trabajado y que fue el escenario de la mayor parte de los hechos relatados. Actualmente vive en la Alpujarra con su novia dominicana de veintitrés años.
Roberto Méndez Cadislava vive en Budapest, donde se le relaciona con alguna célula terrorista perteneciente a la lista que es considerada por EEUU como del Eje del mal. Es sospechoso de ser el responsable de cuatro atentados a distintas instituciones gubernamentales y está en busca y captura. Se calcula que tiene cincuenta y nueve años y cuatro operaciones estéticas para distorsionar su rostro a efectos rebeldes y/o fugitivos.

Fernando Saavedra López cuenta ahora sesenta y tres años y vive felizmente retirado en Santoña. Viudo, se dedica a dar de comer a las palomas, a los bocadillos de anchoas con queso y a pensar en su pasado como objeto de la causa revolucionaria. Vive eternamente con el puño izquierdo en alto, víctima de la artrosis degenerativa.

2 Responses to "Basado en hechos surreales"

1 | Awifredo

September 24th, 2007 at 12:46 pm

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Enhorabuena Nacho… me encantará leerte a menudo por aquí.

Saludos.

2 | Nacho

September 26th, 2007 at 12:04 pm

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Un placer para mí también Awifredo el colaborar en Con escarcha en la boca y que se pase la gente por este rinconcito virtual de Theeleb. Saludos.

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"La vejez nace cuando muere la curiosidad" - por theeleb
"Los amigos de los recuerdos, son enemigos del olvido" - por theeleb

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