No sé si nunca he querido contarlo por vergüenza, por temor a mostrar debilidad o al ridículo, a mostrarme blando y vulnerable, quizás permeable dentro de una coraza que no me he quitado durante todos estos años. Siempre con el escudo en ristre para protegerlo. Así comenzó a confesar Iñaki Dehesa una de sus secretos mejor guardados durante más de sesenta años de vida. Y lo hizo delante de dos de nosotros y de un notario que certificó la declaración de su testamento, el núcleo básico de los que habíamos empezado aquel movimiento imposible y perturbador, donde la literatura y, en esencia, el arte, tomó un nuevo rumbo incontestable en el que los teóricos tuvieron problemas para poder definir su trayectoria y aún más a la hora de borrar su prolongada (y con ello amenazante y peligrosa) estela. ¿Qué podíamos hacer? Al fin y al cabo pertenecíamos a una generación perdida y desencantada por el uso de la torpeza en el lenguaje cotidiano, amén de lucir farragosos en una sociedad gobernada por el desánimo, por la castración de cualquier tipo de iniciativa, deslucida hasta palidecerla por la desmitificación, y el afán por ridiculizar, denostada por la humillación de padecerla como único modo de vida, encostrada y enquistada por la derrota de la asunción del que vive para respirar y no más, para seguir en el juego sin caer eliminado, mas sin luchar por ganar en lo más mínimo. ¿Qué podíamos hacer? Repito. No tuvimos más remedio que sobrevolarnos, observarnos desde fuera para poder reírnos de las patéticas figuras que conformábamos, del engendro moral que engrosaba al ejército de la ignorancia como sumisos soldados. Fue entonces cuando Iñaki reveló su plan, el crear aquel movimiento, aquella corriente artística que soplaba como un aire fresco en la asfixia generalizada con el que se nos regaba el cerebro.
La Baraja fue acogida con recelo desde el primer momento, cuestionada en un principio, atacada ferozmente casi al instante y destruida en menos de lo que tarda un papel cebolla en consumirse en cualquier llama. Nos mezclábamos, no había un autor definido, todos escribíamos bajo el mismo pseudónimo: Don Naipesar De los Besares, un escritor idílico, utópico, ficticio, dotado de las más antagónicas personalidades del mundo de la cultura que quiso unirse a nuestra causa. Naipesar era narrador, pero también había días que se levantaba con un sentimiento escultor profundo o, en cambio, de repente se negaba a sí mismo y reventaba de nihilismo, explotaba pintor, vomitaba filósofo o se reciclaba poeta. Nadie era en concreto y todos éramos él a su vez.
El éxito alcanzado por La Baraja, el colectivo que muchos detractores quisieron ver como una empresa onerosa cuyo afán de lucro había aprovechado lo novedoso de la propuesta y el periodo de estancamiento cultural que se vivía, obtuvo el mayor reconocimiento que pueda tener hoy día un español, a saber: el éxito incuestionable de una Europa rendida a sus pies, genuflexiones siempre encabezadas por el país galo que sólo nos usurpa lo que tenemos digno de mención, como buenos amantes por la delicatessen, todo lo que no sabemos tratar con mimo en el panorama creativo patrio. Y por otro lado y como contrapartida, la envidia nacional, el mayor galardón al que se puede aspirar en España.
Pero, si bien la envidia es acogida como victoria sin importancia para los corazones tranquilos y las mentes claras ( es decir, los que son objeto casi siempre de la tirria), no se lo toman tan bien aquellos que son la fuente de eso celos y esto hace que respondan con actos inexplicables, dañinos en cualquier caso, empecinándose en acabar con la causa que no les deja dormir tranquilos mientras el prójimo hace “eso” que les saca de quicio desesperadamente. Así que se ensañaron con el pobre Naipesar De los Besares y todos los que velábamos por su existencia hubimos de irnos retirando poco a poco. Nos acorralaron financieramente, nos cortaron las arterias editoriales o las salas de exposiciones, nos enfrentaron a la prensa y se rieron de nosotros en los medios audiovisuales. Y con ello, un buen día y tras soportar duramente una larga persecución que derivó en asedio, posterior captura y final tortura, Iñaki (ocultando su identidad, pues siempre eludía revelar el origen del personaje) mandó un comunicado a una agencia de noticias europea en la que se anunciaba que Naipesar estaba gravemente enfermo, que había contraído una enfermedad que era prácticamente terminal y que la sociedad española le había negado un tratamiento que había tachado de “demasiado experimental para poder ser financiado con garantías de curación”. Más que un tratamiento, proseguía el comunicado, se trataría de un simple reconocimiento, no se pedía ni se necesitaba más que eso. Un reconocimiento, que si no médico, bastaba que estuviera compuesto con una dosis generosa de gratitud ante la empresa (nada que ver con lo monetario, recalcábamos una vez más) que se había planteado para sacarnos de la calma chicha en la que la península se estaba abandonando a la deriva. Don Naipesar De los Besares, rezaba la nota, sufre una permeabilidad extrema en la piel desde que era un niño, hasta ahora había sido protegido por La Baraja, su familia desde que lo vio nacer, pero ahora ya era imposible el encontrar una dosis de calor y ánimo en este país, con lo que el alimento que Naipesar tomaba por ósmosis cada día estaba contaminado con pensamientos demasiado dañinos, los cuales le habían debilitado demasiado a lo largo de los años y ahora el pesimismo era el único diagnóstico posible. El comunicado concluía diciendo que la familia rogaba respeto a la prensa para poder vivir los últimos momentos junto al artista sin molestias.
Lo que se pedía en el comunicado no se tuvo en cuenta, por supuesto, y los ataques siguieron. Litigios surrealistas y cada vez más y más trabas para destruir definitivamente el colectivo de La Baraja. Naipesar murió a los tres meses de anunciar públicamente su enfermedad. El grupo fue finalmente desmantelado y despiadadamente aniquilado. Tan sólo Manuel Surat y yo mantuvimos el contacto con Iñaki, que fue el que más sufrió con todo aquello. Aquella tarde, mientras dictaba su testamento supimos cómo había querido a Naipesar, habló de él como un padre orgulloso habla de un hijo caído en el frente de batalla. Después nos dejó en legado lo poco que poseía, su digna biblioteca y todos los manuscritos que había creado en los tiempos de La Baraja, además de una especie de requiem narrativo en homenaje a su personaje muerto.
Me enteré de la muerte de Iñaki a las dos semanas, por la prensa. Entonces todo fueron elogios para una persona que fue descrita como “un luchador incansable por la cultura española. Un incomprendido de su época”. Su cuerpo fue encontrado en un piso del barrio de Montmartre, se ahorcó, en mangas de camisa, dejando su chaqueta doblada cuidadosamente sobre su escritorio. En el bolso de su chaqueta había unos versos inacabados, premeditadamente y en claro homenaje a todo exiliado cuyo destierro obligado, mas motu propio, se convierte en un verdugo que a lo ajeno se muestra invisible, pero que lleva varios años tras el reo, intentando subirlo al cadalso sin tener que recurrir a la fuerza. Iñaki no murió asfixiado por una soga. Hacía años que no le dejaban respirar y tuvo que buscar oxígeno en el olvido. Los versos venían con sorna, habitual en él, con la agudeza que siempre le caracterizó. No decían sino: Estos días absurdos y esta noche en la ignorancia…