Uno de los dos maestros del arte de grabar palabras en la piel a través de la mente vivía en mi barrio, detrás de unos matorrales secos, en una casa que apenas se tendría en pie los dos lustros inmediatamente venideros. Aquel maestro decía que sólo otras dos personas en todo el mundo podían conseguir el mismo efecto bajo un estado de concentración máxima, proyectando toda su fuerza mental en el sentido más intrínseco de una palabra previamente mimada durante meses bajo la repetición y la articulación minuciosa de la misma, hasta conseguir su confianza y posterior control sobre ella, consiguiendo finalmente el transportarla físicamente hacia cualquier ser humano y grabársela en suave relieve sobre su piel para siempre. Aquel maestro grabó en mi presencia la palabra “Deflagración” en el cuerpo de una joven de 17 años, tras haber engañado a aquel vocablo durante todo el invierno para conseguir domarlo y así tener el control sobre aquella rebelde y libre combinación de letras. La verdad es que no servía de mucho el tatuar palabras con la mente, de ahí que aquel maestro muriera finalmente en la pobreza y nunca obtuviera el más mínimo reconocimiento.
El caso es que una vez, estando los dos sentados en la puerta de su casa, recibiendo el regalo de los últimos rayos del sol del atardecer, me dijo: “Querido Fidel, amigo mío, sé que moriré y apenas un grupo muy reducido de amigos, como es tu caso, me recordareis con cariño y relatareis mis hazañas sobre el arte de grabar palabras mentalmente en el cuerpo humano. Pero también sé que nadie os creerá y que al final os daréis por vencidos y me olvidaréis. Y sé que ahora me dirás que no, pero por favor, déjame terminar… No debes olvidarme, mi querido Fidel, porque las palabras, de las que he sido dueño por cortos espacios de mi vida me han acompañado en episodios puntuales de mi existencia y ahora soy yo el que debo recompensarlas y desvelar el engaño al que las he sometido para que me perdonen. Y así, llegará un día en que ellas incorporarán lo que de mí quede, que por el olvido vosotros borraréis de vuestros recuerdos y me harán caminar con ellas, en porciones diminutas, para que tenga el privilegio de ver otros mundos, otros lugares de
Ahora, en el epílogo de mi vida, aún sigo recordando al maestro que sabía grabar en la piel palabras con la mente y, ahora que ya ni el habla me concede la vejez, temo estar estropeando de algún modo su preciado regalo, por eso trato de plasmar esas palabras con la inquietud del pulso de mis manos, para que alguien consiga pronunciarlas y terminar así con el camino que todos sabemos que no tiene principio ni fin, pues siempre está en marcha, errar sempiterno en un laberinto en donde almas y fonemas silban al unísono una melodía ectoplásmica.