Tu cara delata delito, te estoy mirando y aún no me creo que hayas olvidado y perdido nuestro acuerdo en las calles de Dubai, estamos juntos y eso es lo que más nos puede importar en esta terraza, viendo la marabunta de japoneses hacer las veces de oleaje, plagado de tiburones blancos, carcharodonios todos, en busca del fin de calendas antes de que alguna arteria se coagule con gula por el estrés y diga que nunca más va a volver a invertir en bolsa. Sí, cariño, enamorado de tu maletín hasta la médula, el golpe en Dubai fue perfecto y ahora somos una pareja felizmente adinerada, podremos soplar en las orejas de los anfitriones más terriblemente falsos y tú podrás llevar esa falda con transparencias que tanto bochorno me producía en las fiestas del club de bolos, donde yo me ponía ciego a groserías y tu a gintonics de los que saben amargos doblemente, por su falta de estilismo etílico y por los improperios suaves y sutiles que dejabas deslizarse en las caras de asombro de la plebe más baja que plagaba esas fiestas de postín. Ahora yo seré tu emirato más bailable y tú mi arabesca, toda danza ventresca, como un buen atún sensual plagado de siete velos, uno para cada mar.
Ah, que felices somos dentro del baño de oro, somos bisutería andante transformada en diamante, una nueva raza de nuevos ricos, aquí, tomando un aperitivo, en la terraza del éxito, en un Tokio inquieto y sugerente, esperando devorar nuestro botín por medio de su gran ojo rojo. El sol poniente nos llama y se rasga al fundirse con el horizonte, adoptando una nueva manera subliminal de insertar moneda en el gran astro, como ranura tragafortunas abobada celestemente. Quiero ese rectángulo forrado de piel negra que llevas en tu mano, muñeca, o mejor quiero tu muñeca, amor. Siempre hacia arriba, siempre condimentando mis pócimas embelesadoras con nuevos manjares triturados en forma de peldaños hacia tu perfección, macedonia piropesca en tu curva cervical. Oh, que bella estás cuando mueves tu riqueza mental, corporal y por extensión tu apéndice material celosamente sellado, con combinaciones más allá de tu ropa interior, donde el encaje de los tres dígitos hace que al afortunado se le ilumine la cara con el reflejo de la salida sorpresiva del vil metal. Ay sí, que pesado (y no molesto) metal el que escucho a través de esas paredes acolchadas de tu precioso maletín. Parece Manowar, pues la guerra de las manos en la que estoy metido hace que quiera cortarte una, para llevarla de recuerdo hasta mi tumba, nicho de fetiches, pero también por quitarte esa esposa que te ata al suculento botín. Oh, cómo te quiero mi querida esposa maniatada, en la paradoja vuelo, sintiendo celos de mi mujer porque está más unida a su esposa cuyo acólito dinero desprecia a su marido amado, el mismo que la esperó con el coche en marcha en aquel Dubai eterno, en el que estuviste tan fría que hasta desprendías vaho en las calles, derritiéndote mientras yo ahuyentaba al populacho para que no deshicieran a mi perla en el avinagrado tumulto, a mi Cleopatra disfrutando su aperitivo, como nosotros hacemos ahora en las alturas de este rascacielos y rascabolsillos, pues he visto a “la dolorosa” de soslayo al ser depositada como hoja de otoño por el camarero de mano caduca sobre la mesa,(no así la tuya, perenne junto a su esposa celadora de una prisión hecha de fortuna) y he quedado más pétreo que una corintia columna.
Ay mi diosa, comparte tu parte, si quieres reparte y luego parte, pero nunca me dejes sin nada, pues fuimos cómplices en el arte del hurto en sordina y ahora que libres estamos en el alto nido de la urraca, rompe la esposa con fuerza temible y saca al fin a relucir todo lo que brilla… como el delito que delata hoy tu límpida cara.
Nacho