Rezumba, hijo mío, serán tus territorios en el momento en que yo exhale mi último aliento. Desde el Mar Tirreno a Namibia, escucharás olifantes cada vez que te llamen a cenar y un buen puñado de aguerridos mongoles defenderán tus fronteras; las más entusiastas coristas de boulevard te repasarán la silueta con sus papilas gustativas y te coronarás Rey de la Hecatombe a cada paso que des. Contempla, hijo mío, las verdades de un imperio en pleno apogeo que yo te legaré en el momento oportuno.
Fuiste concebido con tanto placer… ni siquiera sabría decir cuál de ellas llegó a ser tu madre, la orgía en la que acabé inmerso me hizo bucear entre demasiadas conchas malignas, de verdad, no te sabría decir en que momento salió despedida mi semilla y, lo que es peor, hacia dónde…
Después, como comprenderás, uno siempre está demasiado ocupado para con los asuntos de Palacio y le cuesta seguir de cerca un embarazo, no sabría diferenciar entre el estado de una barriga henchida de niño o de osobuco. Era tan irreal ser padre que siempre me escondí ante la idea, ni siquiera en el parto me emocioné al ver esa cabeza ensangrentada (y puedes creerme, he visto unas cuantas en mis festines de mutilación y sangre). No sé, ahora te veo aquí, encotado en mallas y con la espada de mi abuelo envainada, que se me hace la boca a agua pensando en la longevidad de mi estirpe. Poblarás la tierra como yo lo hice, aunque tú, querido hijo, tendrás a bien el admitirme un pequeño consejo. Cénsalos, controla a tus vástagos, lleva una lista o un libro mágico, nunca una lista negra, pero sí un breve inventario o una grabación papirofléxica de tus pequeñas gestas. Y así llegará el día en que los Altavista lleguemos a estar en condiciones de enfrentarnos a Dios.
Pero padre ¿y si me olvido de Helvecia?
La neutralidad de los Altavista nunca ha sido nuestro fuerte, posiciónate o renuncia a todo lo que estás viendo en este mismo momento.
Lo tomo, no me malinterpretéis, ahora mismo he quedado con Clara con el fin de fabricar un nuevo soldado. Ya sabéis, Clara, hija del vicario Lorenzo, aquel al que decís El Tronado. ¿A qué se debe, oh padre, semejante apelativo?
Nada más allá del mundo conocido, hijo mío, no fabules con la posibilidad de que se deba a su carácter oclusivo, sino simplemente a una frecuencia flatulenta de la que es prodigio.
Espero que la hija no haya salido a su progenie.
¿Acaso, hijo mío, tú no eres un poco más listo que tu humilde padre?
Tiemblo entonces si toda raza tiende a evolucionar, más aún si ésta deja de obviar los asuntos de intestino.
Es posible, pero olvidemos cualquier adversidad y entreguémonos al mirador en el que descansamos. Mira qué pedazo de Mar Tirreno que nos han puesto ahí las deidades, ¿acaso no es digno de averno?
Estupendísimo, mi querido padre, la maravilla virgen aún en espera de ser copulada por el verso.