Hemos tenido problemas, me dijo. Y los hubo. Quizás estaban más cercanos, como los indios formando hilera en arizona cordillera, ciertamente siendo más correctos verbalmente, los había habido.
El consular postulado se acercó fumando en boga, aclamado por su tararear de cadencia reggae, como si declinara cualquier ofrecimiento de arritmia y a su vez hiciera lo propio con su acusativo pelaje, su ablativo en todo lugar bullendo en griterío y, en tercer caso, de un dativo algo indirecto con su objetivo. Dicho objetivo no era otro que la conversación que La ponderación rugosa y El dañino logro mantenían en la fiesta celebrada en casa de Los ardides cigotos.
Les hablaré de mi familia, yo soy El cuarto ardid cigoto, organizador de la fiesta antes mencionada y ser con problemas en un pasado, aunque no tuve constancia de los mismos hasta que La primera consternación psíquica se acercó esa mañana a confesarme que los habíamos tenido. La primera consternación psíquica y yo llevábamos cuatro años de relación nubosa sin llegar a descargar en tormenta. Nos besábamos y cada nueve meses solíamos tener un vástago que regalábamos a Los tesalónicos bramados.
En aquella mañana yo ejercía de anfitrión de un encuentro entre los más granado de la sociedad Contubernia. En dicho sarao se daban cita más de el sesenta y seis por ciento de nuestra pigmentada población, estando allí y pues, gente tan exagerada como La irritación galvánica, tan pomposa como Las meretrices birmánicas o, curioso personaje él, Don Javier Estado, más conocido como El asturiano, mesiánico rey de las judías.
Y fue que entre cuadratura y entornar de una bandeja de pepinillos blandos con aroma de vinilo, La primera consternación psíquica me habló de uno de nuestros hijos, cedido por dos temporadas a Los tesalónicos bramados. Sí, eran problemas que habían surgido hace tiempo, de hecho, desde el momento en el que la vagina de La primera consternación psíquica se dilató más de lo normal para escupir a esos bulbosos enanos, aprendices de tubérculo segregados gregariamente de tan magno tabernáculo, lo que mucha gente viene a denominar nacimiento.
Ya no son problemas, contesté yo mientras asistía al caminar sincopado de El consular postulado, abriéndose camino por césped demasiado rasurado para no ceder a la denominación de terrosidad vegetada. Un problema deja de serlo cuando se pierde en la línea del horizonte, dicha línea es celosamente custodiada por El recuerdo, El amor y La endivia, que no siendo error de tecleo o transposición anagramática alguna ésta última, se conforma tan sólo con guarnecer en vegetal y parsimoniosa compañía a los otros dos centinelas.
La primera consternación psíquica trató de llorar ante mis palabras, pero ellas se habían ido junto con una ráfaga de viento y habían ido a parar al oído de El rey de las judías, que divertido se escandalizaba mientras miraba a una hermana hiena de avalorios en suave carcajada.
Estamos ante la primera crisis de nuestro matrimonio, espetó La primera consternación psíquica sin cortarse un pelo, pues yo le había pagado esa semana una sesión de poda quiromántica con el fin de acortar su línea de la vida y ella no era mujer de abusar en los cuidados de su vello bello.
Puede ser, contesté yo, quizás estamos al borde del principio de una buena amistad.
Nunca se ama a un amigo que se ha amado como amante, un amigo puede ser amatorio pero de segunda clase, no procede jugar con su lengua ni rasgarle las vestiduras sin tener que reírse acompañándolo de un comentario cómico que desherrumbe la situación.
Tienes razón, querida. ¿O debería decir entrañable ya?
No, deberías decir entrañable todavía. No olvides que aún compartimos problemas de mis entrañas y que sondeas las mismas con tu espía cada noche en la soledad de la alcoba, pues yo hace tiempo que soy abonada a un programa de viajes astrales para la perfecta abstracción del cónyuge desorientado. Tienes mi cuerpo, no pidas también mi alma.
Es tan triste una ruptura, dije yo sin aliento y en público.
¿Qué se rompe? No más que mi vida. Y, por otro lado, la tuya, pues ya ni autonomía ninguna de las dos tienen. No resta sino errar como esquifes en paro eólico y sufrir por las derivas que los siglos nos traigan.
Amén, sentenció El consular postulado haciendo un reverso isaiathomatizado, epicentro ya de un corrillo de personalidades desde el que moderaba una tertulia huracanada como bastión en vórtice o base de Toronto, haciendo el Caronte sobre calmo fluvio a modo de grandísimo hombre de letras del sur de la España.
¿Entonces nos separaremos, amor tuyo?
Tranquilo querido, eso como ya te he dicho, sólo son cosas del pasado.