Todo ocurrió en una porción de tiempo demasiado ficticia, tan oscura que un agujero negro se reduciría diáfano ante la negritud de aquel tiempo del que se compuso el instante que me dispongo a relatar. Yo vivía por aquel entonces en una cabaña extraña, de un color amarillo grisáceo de cuyas paredes colgaban cuadros aún por terminar, representando porciones de la vida de una mujer cuyo cuerpo tubular y extremidades calamares se erigían en protagonistas de una serie velada, casi fotográfica e indeterminable en las vastas definiciones del hoy tan denostado arte.
Pensaba mucho en aquella habitación, tanto como objeto de mis pensamientos como continente de la mente y de mi cuerpo, apenas un hombre en medio de un espacio cerrado. Recuerdo que en ese pequeño momento de mi vida yo me llamaba Joel y era una especie en distinción, estaba tan alienado de la gran manada humana que no sabía si considerar mi benévolo salvajismo ruso como una constante en mi conducta vital o, por el contrario, negar al entorno en lugar de a mí mismo y no dotarlo a su vez de la importancia que generalmente nos suele merecer. Quizás era un objeto, una pieza más en un bodegón inane e inerte del que se componen las formas de vida más sedentarias físicamente. No sabría definirme dentro de una sociedad en los tiempos que corrían en aquella mínima parte de mi pasado, pues mi vida longeva ha sido y a punto está de coronarse en un nuevo periodo regido por la muerte.
En mi casa siempre lo llamaron delirios nocturnos provocados por malas digestiones, yo prefiero llamarlo “La lucha nocturna por el control de la Capadocia”. Así llamo yo a las innumerables visitas de seres extraños, vagabundos en huelga de sueño, haces de luz con forma humana, caballos solteros o ángeles abyectos a los pies de mi cama. Hemos mantenido largas conversaciones acerca de lo divino o de los sudores, sobre el dolor y la pernocta o sobre la colisión de los oscuros nervios que rigen el cerebro. Esas conexiones cerebrales han sido, en esencia, el núcleo básico en el que se han cimentado nuestras extensas charlas. Así, Yammhé, un peregrino de la noche y de los sueños, censado en un cementerio itinerante por los miedos de los mortales, me aseguró que el ser humano es un ser empapado de su entorno, sin que éste tenga que ser necesariamente líquido. Somos esponjas, me dijo, nada es nuestro, todo estaba aquí desde hace billones y billones de años, asume que nunca has pensado por ti mismo, eres un saco de verdades, dudas, embustes y anhelaciones, no eres algo nuevo, tan sólo sumas las conductas a las que te has enfrentado desde pequeño, empezando por tus padres y acabando por cualquier síntoma de ser humano que haya quedado grabado y se pueda rastrear fácilmente. Seguimos las huellas, es lo único que hacemos. La senda que parecemos abrir no es más que un camino allanado por pisadas de un ejército de ancestros.
Yo, cuando estaba vivo, me dijo Yammhe, no supe distinguirme por mis palabras o por mis actos y eso me atormentó desde mi más insignificante infancia hasta mi regia senectud. Ahora sé que nada somos, ni nada poseemos innovador en nuestro cerebro, quizás en nuestro corazón… allí no digo que no, que el ser humano sea capaz de sentir distinto a otros que le precedieron. Pero, amigo mío, todo pasa por el centro de procesamiento de datos, la gran esponja. Y al fin y al cabo, nunca nos evadimos del control de calidad de la mente. Nuestras mentes no producen, asimilan, ya sea en libros que hemos leído, en la naturaleza, en el cine que yo no conocí y vosotros soléis disfrutar, en las palabras de un anciano, en la ocurrencia de un cómico, en los descubrimientos de la ciencia… todo, todo eso ya estaba allí cuando hemos ido pasando uno a uno por este mundo. El cerebro se limita a recopilar información y a repetirla, en sus procesos más básicos, tal y como la ha recogido y, en el mejor de los casos, la devuelve en una dislocación sensacional y diferente, aprovechando la generosa capacidad que tiene para permutar las probabilidades y conseguir nuevas combinaciones de esas ideas, que otros semejantes perciben como nuevas, pero no siéndolo para nuestra terrible frustración. No está mal, casi es una manera de llegar a la invención, pero la consciencia no es más que un proceso del sueño moderado, quizá con más reglas y orden, pero nada más.
Yammhé aseguró sufrir mucho más ahora que podía ver a sus congéneres cargar con esa ignorancia a lo largo de las generaciones, que cuando él vivía atormentado. Se podría decir que ha sido uno de los individuos más destacables de entre los que se han sentado a los pies de mi cama. Bueno, entre ellos no cuento a los caballos incandescentes, puesto que ellos no llegan nunca a sentarse, canturrean chillidos espeluznantes, patalean perdiendo los estribos, pero no, no llegan a tocar mi cama. Son fructíferas reuniones las que he mantenido con los grandes líderes de la noche, la duda es una constante guerra que se libra en tu interior, el miedo es otro de los frentes a los que tener en cuenta, pero la desesperanza es la peor de las invasiones. Yo ahí sigo, incorruptible y despierto, peleando con la locura en mi particular “Lucha nocturna por el control de la Capadocia”.